Estos días he asistido consternado al debate sobre el caso de Eluana Englaro. Por todo lo que ha removido en mi interior y porque no puedo dejar de pensar en su familia y en ella misma. No puedo entender el debate maniqueo entre los defensores de la libertad absoluta del individuo y aquellos que quieren imponer su moral sobre el sacramento de la vida. Me repugna especialmente la utilización política obscena que ha hecho el gobierno de Berlusconi por vender su producto ideológico, siempre maniobrando sin escrúpulos por mantener sus cuotas de poder. Y también el papel del Vaticano (que no se debe confundir con una mayoría de católicos), tan interesado en imponer a todos su moral y al influir como grupo de presión por cambiar las leyes civiles.
Me conmueve sentir profundamente el padecimiento de los padres de Eluana, su dolor por el coma irreversible y posterior muerte de su hija, y teniendo que aguantar, encima, calumnias e insultos provenientes de ciertos medios de comunicación, algunos vinculados al propio Vaticano, hasta el punto de llevar escolta policial. Es abominable.
Nadie es inmune a pasar por el horror de decidir sobre la vida de un hijo, de un ser querido. Y yo creo que este debate se debería afrontar con mucho respeto y contar con las vivencias de quienes lo ha pasado. Creo que haría falta una ley diáfana y sin margen a la ambigüedad, para poder acompañar y orientar a las personas que deben hacer frente a este dilema, teniendo en cuenta las situaciones de dramatismo y de absoluta vulnerabilidad en qué se encuentran. Situaciones en qué algunos nos hemos encontrado.
Como leí en un brillante artículo de Pilar Rahola, hay mucho amor en las dos decisiones: hace falta mucho amor por dejar marchar el ser querido, y también hace falta mucho por retenerlo aquí con vida, aunque ésta sea artificial. Por lo tanto no valen los juicios de terceros. Sólo sensibilidad e información.
Y leo conmovido que en España una ley del 2002 permite a los tutores legales de una persona en situación de coma irreversible decidir sobre si se mantiene la vida artificial. En Hungría nos dijeron que no podíamos decidir, que la desconexión no estaba permitida. En España nos dijeron que no podíamos decidir, que la desconexión era obligada e inminente. Visto con la perspectiva del tiempo me parece un espanto este trato. Y me surgen dudas terribles. Y tengo la sensación de que hubo una absoluta carencia de sensibilidad y que la herida causada todavía hace mucho daño. ¿Fuimos manipulados por poder aprovechar los órganos? ¿No habría podido tener algo más de tiempos por pensármelo? ¿No lo podía haber acompañado en los últimos instantes? ¿Sufría David?
Y suerte, suerte que no hubo presión mediática o externa.
Descansa en paz, al fin, Eluana.
Me conmueve sentir profundamente el padecimiento de los padres de Eluana, su dolor por el coma irreversible y posterior muerte de su hija, y teniendo que aguantar, encima, calumnias e insultos provenientes de ciertos medios de comunicación, algunos vinculados al propio Vaticano, hasta el punto de llevar escolta policial. Es abominable.
Nadie es inmune a pasar por el horror de decidir sobre la vida de un hijo, de un ser querido. Y yo creo que este debate se debería afrontar con mucho respeto y contar con las vivencias de quienes lo ha pasado. Creo que haría falta una ley diáfana y sin margen a la ambigüedad, para poder acompañar y orientar a las personas que deben hacer frente a este dilema, teniendo en cuenta las situaciones de dramatismo y de absoluta vulnerabilidad en qué se encuentran. Situaciones en qué algunos nos hemos encontrado.
Como leí en un brillante artículo de Pilar Rahola, hay mucho amor en las dos decisiones: hace falta mucho amor por dejar marchar el ser querido, y también hace falta mucho por retenerlo aquí con vida, aunque ésta sea artificial. Por lo tanto no valen los juicios de terceros. Sólo sensibilidad e información.Y leo conmovido que en España una ley del 2002 permite a los tutores legales de una persona en situación de coma irreversible decidir sobre si se mantiene la vida artificial. En Hungría nos dijeron que no podíamos decidir, que la desconexión no estaba permitida. En España nos dijeron que no podíamos decidir, que la desconexión era obligada e inminente. Visto con la perspectiva del tiempo me parece un espanto este trato. Y me surgen dudas terribles. Y tengo la sensación de que hubo una absoluta carencia de sensibilidad y que la herida causada todavía hace mucho daño. ¿Fuimos manipulados por poder aprovechar los órganos? ¿No habría podido tener algo más de tiempos por pensármelo? ¿No lo podía haber acompañado en los últimos instantes? ¿Sufría David?
Y suerte, suerte que no hubo presión mediática o externa.
Descansa en paz, al fin, Eluana.





