Miro esta foto a menudo. Cada día, de hecho. Y me invade una profunda tristeza. Hace tiempo que necesitaba escribir de Anni, pero me cuesta hacerlo sin temblar. Estoy convencido de que el sentimiento de dolor por la pérdida de un hijo es completamente intransferible y que nadie que no lo haya pasado puede imaginar el que supone. Y por esto mismo, yo no puedo saber que se siente cuando una niña de sólo ocho años pierde su madre sin ninguna explicación, sin ni siquiera poderse despedir. Qué puede sentir una niña pequeña cuando un día y de pronto, su madre, la persona más importante de su vida en aquel momento, ya no está en casa y nadie es capaz de explicarle dónde ha ido. Ni siquiera la puede ubicar al cielo.
Dicen de Anna Maria, la madre de Anni, que antes de caer enferma, era una mujer creativa y una artista brillante, que hacía sentirse amados a quienes la rodeaban, especialmente los niños, a los cuales escuchaba con interés y a quien dedicaba buena parte de su imaginación y tiempo. Que siempre daba abrazos y besos y que lucía una eterna sonrisa. Seguramente esta es la mejor herencia que Anni recibió de su madre y de ahí viene la sorprendente complicidad que Anni tenía con David. No dejaba de sorprenderme su relación, cargada de confianza mutua. Anni siempre compartía con interés sincero la inacabable creatividad del David, y escuchaba con infinita paciencia la también infinita palabrería que sólo largaba en casa, al abrigo de la tierna atención de su madre; historias llenas de dulce fantasía, así como sus primeras e inocentes inquietudes existenciales, a los cuales sólo Anni sabía dar una serena respuesta.
Me pregunto qué más puede sufrir una persona. Perder en una misma vida las personas con quienes estableces los lazos más determinantes para una cierta estabilidad emocional: tu madre cuando eres pequeña, y tu hijo, cuando es pequeño.Pese de todo, Anni ha sabido desarrollar mecanismos por hacer frente a la vida con optimismo y necesita, como el aire que respira, repartir continuamente amor, alegría y confianza, pasando de los juicios ignorantes de quien cree saber y no sabe nada. Es como un imán que proporciona inagotable energía, y yo no sé qué habría estado de Anna y de mí sin ella.
Y creo que es sabia, muy sabia. Bajo una apariencia un poco caótica, propia de quien ha estado carente de referentes claros en la niñez, y que le ha proporcionado algunos disgustos de quienes no lo sabe o no lo quiere percibir con una cierta sensibilidad, se esconde una fuente continua de pensamientos positivos y de sentimientos puros, de aquellos que son los realmente esenciales a la vida. Yo no dejo de aprender de ella y de encontrar la fuerza por sobrevivir.
Y creo también que sólo yo puedo realmente percibir el inmenso dolor que sufre Anni, por el duelo por un hijo, y por el duelo que no le permitieron elaborar por su madre; un dolor que me rompe el corazón. Aun cuando siempre se esfuerza, por Anna y por mí, a mantener alto el estado de ánimo, de vez en cuando, dentro la intimidad de casa, no lo puede disimular.
Te quiero mucho, Anni. Te quiero como eres.




