
Es Grau es como un pueblo de juguete. Como una maqueta imaginaria e idílica de un lugar que yo creía imposible en nuestro entorno.
Situado en su punto más oriental de la isla de Menorca, Es Grau es el primer lugar del Estado por donde sale el sol cada mañana. Las pequeñas y sencillas casas blancas, luminosas y siempre encaladas, se agolpan las unas sobre las otras con caótica armonía como si no quisieran arrebatar más espacio del necesario a la naturaleza. A un lado de la bahía, al pequeño pueblo lo rodea una inmensa alfombra de un verde intenso, una garriga de arbustos y flores acostumbrados a desafiar el viento cargado de sal marina, y que se extiende hasta el límite del abismo, por encima de acantilados escarpados, amenazadores y llenos de espuma blan
ca los días de tramontana, donde se esconde la Cala Avellana, que si te dejas llevar por la imaginación infantil, parece digno refugio de nobles piratas. El otro lado de la bahía, más dulce, guarda a cobijo del viento diversas calas pequeñas, a menudo solitarias y de nombres evocadores, de aguas que invitan, cálidas y de tonos turquesa. Como todo pueblo de juguete, también tiene su isla, la Isla d'en Colom, todavía virgen, justo presidiendo la salida al mar de la bahía y habitada por miles de huidizas lagartijas menorquinas, y desde dónde se puede ver, lejano, el bello faro de Favaritx, que con melancolía, evoca historias de pescadores, no siempre de final alegre. Y finalmente, detrás la playa grande, nos sorprende un parque natural alrededor de una albufera, un lago interior de agua salada por donde el sol se pone, lánguidamente, cada tarde. Todo invita a vivir.
Esta tarde he salido a correr por estos parajes y he acabado con un baño solitario en la cala de l'Espardenyeta, la más pequeña de la bahía, justo delante del pueblo iluminado de manera casi mágica por los últimos rayos de un sol ya escondido detrás las colinas. Anni me ha llamado desde el punto más alto de los acantilados, donde había ido sola a disfrutar, como sólo ella sabe vivirla, de la puesta de sol. Mientras yo volvía satisfecho por el esfuerzo, por el fresco y por la calma, andando descalzo por la larga playa, me he cruzado
con alguna familia paseando con sus niños pequeños, con pandillas de jóvenes jugando a volei o a fútbol, incluso con Anna y su pandilla, disfrutando de las últimas horas de luz, en un lugar privilegiado, un lugar y un tiempo bendito por la varilla mágica de la vida. Y como no, con David inevitablemente a mi cabeza, a mi corazón, constatando en este momento y en este lugar donde todo invita a vivir, todo lo que yo imagino que se ha perdido, una existencia única truncada demasiado prematuramente y que se preveía llena de momentos como este. Y mientras me dejaba llevar por estos sentimientos dolorosos, he visto a Anna, tan feliz, y me he obligado a dejar a un lado este dolor, a sonreír, y a intentar disfrutar de las buenas sensaciones del momento. Y me he dado cuenta que poco a poco, y ya desde hace un tiempo, voy recuperando el anhelo de vivir.
Situado en su punto más oriental de la isla de Menorca, Es Grau es el primer lugar del Estado por donde sale el sol cada mañana. Las pequeñas y sencillas casas blancas, luminosas y siempre encaladas, se agolpan las unas sobre las otras con caótica armonía como si no quisieran arrebatar más espacio del necesario a la naturaleza. A un lado de la bahía, al pequeño pueblo lo rodea una inmensa alfombra de un verde intenso, una garriga de arbustos y flores acostumbrados a desafiar el viento cargado de sal marina, y que se extiende hasta el límite del abismo, por encima de acantilados escarpados, amenazadores y llenos de espuma blan
ca los días de tramontana, donde se esconde la Cala Avellana, que si te dejas llevar por la imaginación infantil, parece digno refugio de nobles piratas. El otro lado de la bahía, más dulce, guarda a cobijo del viento diversas calas pequeñas, a menudo solitarias y de nombres evocadores, de aguas que invitan, cálidas y de tonos turquesa. Como todo pueblo de juguete, también tiene su isla, la Isla d'en Colom, todavía virgen, justo presidiendo la salida al mar de la bahía y habitada por miles de huidizas lagartijas menorquinas, y desde dónde se puede ver, lejano, el bello faro de Favaritx, que con melancolía, evoca historias de pescadores, no siempre de final alegre. Y finalmente, detrás la playa grande, nos sorprende un parque natural alrededor de una albufera, un lago interior de agua salada por donde el sol se pone, lánguidamente, cada tarde. Todo invita a vivir.Esta tarde he salido a correr por estos parajes y he acabado con un baño solitario en la cala de l'Espardenyeta, la más pequeña de la bahía, justo delante del pueblo iluminado de manera casi mágica por los últimos rayos de un sol ya escondido detrás las colinas. Anni me ha llamado desde el punto más alto de los acantilados, donde había ido sola a disfrutar, como sólo ella sabe vivirla, de la puesta de sol. Mientras yo volvía satisfecho por el esfuerzo, por el fresco y por la calma, andando descalzo por la larga playa, me he cruzado
con alguna familia paseando con sus niños pequeños, con pandillas de jóvenes jugando a volei o a fútbol, incluso con Anna y su pandilla, disfrutando de las últimas horas de luz, en un lugar privilegiado, un lugar y un tiempo bendito por la varilla mágica de la vida. Y como no, con David inevitablemente a mi cabeza, a mi corazón, constatando en este momento y en este lugar donde todo invita a vivir, todo lo que yo imagino que se ha perdido, una existencia única truncada demasiado prematuramente y que se preveía llena de momentos como este. Y mientras me dejaba llevar por estos sentimientos dolorosos, he visto a Anna, tan feliz, y me he obligado a dejar a un lado este dolor, a sonreír, y a intentar disfrutar de las buenas sensaciones del momento. Y me he dado cuenta que poco a poco, y ya desde hace un tiempo, voy recuperando el anhelo de vivir.








