Paciència...
Blog de David en castellano: agosto 2009

Blog en castelleano (en construcción)

12 AÑOS DE FELICIDAD Y UNA ETERNIDAD DE LUZ Y DE AMOR. DÉCIMO AÑO: 2004


Anhelo de vivir



Es Grau es como un pueblo de juguete. Como una maqueta imaginaria e idílica de un lugar que yo creía imposible en nuestro entorno.

Situado en su punto más oriental de la isla de Menorca, Es Grau es el primer lugar del Estado por donde sale el sol cada mañana. Las pequeñas y sencillas casas blancas, luminosas y siempre encaladas, se agolpan las unas sobre las otras con caótica armonía como si no quisieran arrebatar más espacio del necesario a la naturaleza. A un lado de la bahía, al pequeño pueblo lo rodea una inmensa alfombra de un verde intenso, una garriga de arbustos y flores acostumbrados a desafiar el viento cargado de sal marina, y que se extiende hasta el límite del abismo, por encima de acantilados escarpados, amenazadores y llenos de espuma blan ca los días de tramontana, donde se esconde la Cala Avellana, que si te dejas llevar por la imaginación infantil, parece digno refugio de nobles piratas. El otro lado de la bahía, más dulce, guarda a cobijo del viento diversas calas pequeñas, a menudo solitarias y de nombres evocadores, de aguas que invitan, cálidas y de tonos turquesa. Como todo pueblo de juguete, también tiene su isla, la Isla d'en Colom, todavía virgen, justo presidiendo la salida al mar de la bahía y habitada por miles de huidizas lagartijas menorquinas, y desde dónde se puede ver, lejano, el bello faro de Favaritx, que con melancolía, evoca historias de pescadores, no siempre de final alegre. Y finalmente, detrás la playa grande, nos sorprende un parque natural alrededor de una albufera, un lago interior de agua salada por donde el sol se pone, lánguidamente, cada tarde. Todo invita a vivir.

Esta tarde he salido a correr por estos parajes y he acabado con un baño solitario en la cala de l'Espardenyeta, la más pequeña de la bahía, justo delante del pueblo iluminado de manera casi mágica por los últimos rayos de un sol ya escondido detrás las colinas. Anni me ha llamado desde el punto más alto de los acantilados, donde había ido sola a disfrutar, como sólo ella sabe vivirla, de la puesta de sol. Mientras yo volvía satisfecho por el esfuerzo, por el fresco y por la calma, andando descalzo por la larga playa, me he cruzadocon alguna familia paseando con sus niños pequeños, con pandillas de jóvenes jugando a volei o a fútbol, incluso con Anna y su pandilla, disfrutando de las últimas horas de luz, en un lugar privilegiado, un lugar y un tiempo bendito por la varilla mágica de la vida. Y como no, con David inevitablemente a mi cabeza, a mi corazón, constatando en este momento y en este lugar donde todo invita a vivir, todo lo que yo imagino que se ha perdido, una existencia única truncada demasiado prematuramente y que se preveía llena de momentos como este. Y mientras me dejaba llevar por estos sentimientos dolorosos, he visto a Anna, tan feliz, y me he obligado a dejar a un lado este dolor, a sonreír, y a intentar disfrutar de las buenas sensaciones del momento. Y me he dado cuenta que poco a poco, y ya desde hace un tiempo, voy recuperando el anhelo de vivir.


Volver a ser padre



Tras dos años, este mes de Julio he vuelto con Anna a un par de parques de atracciones. Durante este tiempo, Anna ha sido muy paciente. Pero ya hacía días que de manera tímida y respetuosa me pedía cuando podríamos volver. Finalmente, he reunido el valor y el deseo necesario por hacerlo. Ya es hora de permitir a Anna de recuperar una parte de la infancia que ha perdido estos dos años, cuando menos la infancia que ella conocía. Siento que durante estos dos años no ha tenido padre, al menos, aquel padre al que estaba acostumbrada. Intento desde hace días volver a implicarme emocional y completamente con ella, a tope, sin justificarme a mí mismo para impedirme de hacerlo.

Y esta era quizás la parte culminante de todo este proceso. Volver a un parque de atracciones. El otro día al Tibidabo y esta semana al WaterWorld. Y creo que hemos salido airosos. Hemos ido juntos, solos ella y yo. La he visto respetuosa con mi estado de ánimo primero, y radiante y feliz después. No le ahorrado ni un capricho, ni un deseo. Hasta que ha tenido suficiente, como aquel que se empacha después de un ayuno forzoso y prolongado. Para mí, no había nada más al mundo que pudiera perturbar la dedicación de mi tiempo a su felicidad.

Aún así, he comprobado que me puedo volver a dar, pero que yo ya no lo viviré igual nunca jamás. Estos dos días, he sido un padre que desvía parte de su tiempo a una actividad que desean sus hijos, pero no aquel Natxo para quien aquello ERA SU PROPIO DESEO. Con la coraza bien robusta y entrenada, he podido compartir espacio con cientos de otros niños y adolescentes enloquecidos por la diversión. Sin dolor, pero con el recuerdo de David omnipresente, por lo que él fue, por lo que vivimos en Budapest y por lo que se ha podido perder.

Pero estoy contento por Anna. Ha sido muy feliz, y lo ha manifestado reiteradamente de manera explícita. Y eso compensa mucho. En fin, poco a poco voy recuperando el papel de padre. Y con él, el placer de la paternidad, también lo he de admitir. Aunque a veces sea una sensación agridulce, puesto que este placer inmediatamente implica dolor por la otra media paternidad perdida. Supongo que me debo permitir más disfrutar de las buenas sensaciones. Por mí, y en este caso, también por Anna