
Ya se ha acabado el mes de mayo y con él, estas fechas que todo lo han removido, que todo lo han arrasado, que me han dejado agotado emocionalmente. Ya estamos en junio y esto continúa, empieza el tercer año... Pero, el tercer año, de qué?
Tengo la sensación de que poco a poco se han ido acabando aquellos días en qué llorar con amargura o sentir un dolor muy lacerante formaba parte de la normalidad cotidiana. Parecería que encaja con todo el que he leído de las fases del duelo, pero yo no quiero identificarme con ellas, porque mi duelo es intransferible, y además, no quiero curarme de nada, porque no sé muy bien que puede significar esto. Y en lugar de querer cerrar etapas, he pasado y me paso mucho tiempo buscando respuestas, respuestas a lo que parece no tener ningún sentido, respuestas a cómo podré pasar lo que me resta de vida, a cómo podré llenar esta ausencia que a menudo llena de vacío el más profundo de mi ser. Y la única certeza que tengo es que nada no volverá a ser como antes, NADA.
Aún así, poco a poco voy aceptando, con más humildad y también cierta esperanza, que quizás sí que puedo llenar este vacío. Que quizás David está más cerca de lo que pienso y me va invitando a compartir tiempo y espacio de otra manera. Pero entonces me doy cuenta que mi principal enemigo soy yo mismo. Primero, porque mi mente se encarga de manera casi permanente a obsequiarme con recuerdos, algunos de los últimos días de aquel mes de mayo, los cuales me hacen sentir un terrible dolor, y otros, infinidad de otros, que me llevan a días tiernos, seguros y felices, y que entonces me llenan de añoranza. Pero no sólo esto. Cuando intuyo que la existencia humana puede trascender a la finitud que siempre nos han hecho creer, mi mente me ofrece una dosis inacabable de dudas y me hace creer que la realidad sólo es aquella que puedo percibir con las sentidos. Y pese a las numerosas evidencias que David me ha regalado para decirme sutilmente que sigue muy cerca, esta mente tan terrenal también tiene una habilidad especial por esconderlas en algún rincón.
Entonces intento pararme y recordar. Hago inventario y compruebo con cierta excitación que estas pruebas han sido numerosas, evidentes, cálidas. Las he ido escribiendo por no olvidarlas, pero si de verdad quiero, no me hace falta releerlas. Si hago un esfuerzo, puedo recordar con precisión visitas en sueños y sobre todo, sincronicidades abrumadoras y balsàmicas. ¿Y porqué no me puedo convencer definitivamente que podemos trascender a la muerte? Pensar proporciona un sosiego muy reconfortante en comparación con la desesperación de creer que todo acaba y no queda nada.
Y quiero dejar constancia que cada vez creo más firmemente que el que percibimos como realidad seguramente no tiene nada a ver con la Realidad. Y que como ser humanos terrenales, tenemos una arrogancia sorprendente cuando pensamos que nuestros limitados sentidos y uestro escaso conocimiento puede explicar toda la existencia del Universo desde un punto de vista material. Yo no sé concebir un mundo sin tiempo ni espacio, lo cual no quiere decir que no pueda ser. Y es que tampoco concibo que haya un principio y un final. Alguna vez me han dicho que quizás hemos sido escogidos por empezar a vivir de otra manera, a entender que formamos parte de una realidad más grande y maravillosa de la que siempre hemos creído conocer. Hasta ahora siempre me había enrabiado con esta sugerencia, pero poco a poco, voy pensando... ¿y porque no ?
Y entonces siempre viene David a mi mente. Y sonríe.
Tengo la sensación de que poco a poco se han ido acabando aquellos días en qué llorar con amargura o sentir un dolor muy lacerante formaba parte de la normalidad cotidiana. Parecería que encaja con todo el que he leído de las fases del duelo, pero yo no quiero identificarme con ellas, porque mi duelo es intransferible, y además, no quiero curarme de nada, porque no sé muy bien que puede significar esto. Y en lugar de querer cerrar etapas, he pasado y me paso mucho tiempo buscando respuestas, respuestas a lo que parece no tener ningún sentido, respuestas a cómo podré pasar lo que me resta de vida, a cómo podré llenar esta ausencia que a menudo llena de vacío el más profundo de mi ser. Y la única certeza que tengo es que nada no volverá a ser como antes, NADA.
Aún así, poco a poco voy aceptando, con más humildad y también cierta esperanza, que quizás sí que puedo llenar este vacío. Que quizás David está más cerca de lo que pienso y me va invitando a compartir tiempo y espacio de otra manera. Pero entonces me doy cuenta que mi principal enemigo soy yo mismo. Primero, porque mi mente se encarga de manera casi permanente a obsequiarme con recuerdos, algunos de los últimos días de aquel mes de mayo, los cuales me hacen sentir un terrible dolor, y otros, infinidad de otros, que me llevan a días tiernos, seguros y felices, y que entonces me llenan de añoranza. Pero no sólo esto. Cuando intuyo que la existencia humana puede trascender a la finitud que siempre nos han hecho creer, mi mente me ofrece una dosis inacabable de dudas y me hace creer que la realidad sólo es aquella que puedo percibir con las sentidos. Y pese a las numerosas evidencias que David me ha regalado para decirme sutilmente que sigue muy cerca, esta mente tan terrenal también tiene una habilidad especial por esconderlas en algún rincón.
Entonces intento pararme y recordar. Hago inventario y compruebo con cierta excitación que estas pruebas han sido numerosas, evidentes, cálidas. Las he ido escribiendo por no olvidarlas, pero si de verdad quiero, no me hace falta releerlas. Si hago un esfuerzo, puedo recordar con precisión visitas en sueños y sobre todo, sincronicidades abrumadoras y balsàmicas. ¿Y porqué no me puedo convencer definitivamente que podemos trascender a la muerte? Pensar proporciona un sosiego muy reconfortante en comparación con la desesperación de creer que todo acaba y no queda nada.
Y quiero dejar constancia que cada vez creo más firmemente que el que percibimos como realidad seguramente no tiene nada a ver con la Realidad. Y que como ser humanos terrenales, tenemos una arrogancia sorprendente cuando pensamos que nuestros limitados sentidos y uestro escaso conocimiento puede explicar toda la existencia del Universo desde un punto de vista material. Yo no sé concebir un mundo sin tiempo ni espacio, lo cual no quiere decir que no pueda ser. Y es que tampoco concibo que haya un principio y un final. Alguna vez me han dicho que quizás hemos sido escogidos por empezar a vivir de otra manera, a entender que formamos parte de una realidad más grande y maravillosa de la que siempre hemos creído conocer. Hasta ahora siempre me había enrabiado con esta sugerencia, pero poco a poco, voy pensando... ¿y porque no ?
Y entonces siempre viene David a mi mente. Y sonríe.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario